martes, 22 de octubre de 2013

Hace 16 años empezó mi camino en la escuela. Desde entonces han pasado algunos años, muchas cosas, diversos profesores  y, sobre todo, mucho ha sido lo aprendido y más lo que me falta por aprender. 
Es raro que después de tanto tiempo en la escuela infantil, en el colegio y en el instituto quieras seguir ahí el resto de mi vida..,  pero, eso sí, cambiando algunas cosas y, sobre todo, cambiando los "papeles": en vez de ser la que "aprende", ser la que "enseña" y continuar educándome (formándome), pero en un rol distinto.
Es verdad que hasta ahora he recorrido mucho camino aprendiendo, pasando por bastantes profesores: unos con los que se aprenden cosas que tú también puedes aplicar y que te han influido positivamente; otros que te han "marcado" para mal, que te han influido negativamente y con los que también has aprendido cosas, pero cosas que no se deben de hacer y que pueden influir a los niños de forma desfavorable; también hay profesores que no te "marcan" ni en un sentido ni en otro, que solo te dejan un leve recuerdo.
Por ejemplo yo recuerdo en especial, cuando era más pequeña, a Pilar, mi profesora de la Escuela Infantil "Hermanos Grimm". Ella, cuando me marché a los tres años, me regaló un libro que todavía conservo y una periquita. También recuerdo a mi profesora de segundo y tercero de infantil, Charo: era muy cariñosa y hacíamos actividades muy entretenidas, como los talleres o el viaje a la Granja-Escuela "La limpia", y en las que a veces estaban implicados los padres.
 Es difícil juzgar si un profesor es, profesionalmente, bueno o malo. Quizás sea más fácil reflexionar sobre cómo te ha marcado, qué te ha enseñado, cómo ha impartido la materia y cómo ha logrado hacértela "llegar" a ti... Todo esto influye mucho en el aprendizaje, pues según te guste más o menos el profesor atiendes y prestas más atención en las clases, tiendes a estar más motivada y a prestar más importancia a esa asignatura...


Mi finalidad es llegar a ser una maestra con la que los niños aprendan y con la que les guste aprender; que se rían conmigo, pero a la vez trabajen, jueguen y aprendan jugando;  que sepan compartir y ser un grupo. Es decir, me gustaría que la relación con mis alumnos fuese auténticamente de aprendizaje-enseñanza: ser capaz de saber enseñar, de transmitirles la pasión por el aprendizaje, que les guste cómo interactúo con ellos y, además, ser capaz de aprender de ellos y con ellos cada día.

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